“Toda enfermedad”, decía, “No es mas que la manifestación física
de un malestar, de un trastorno debido a una condición mental que
altera el equilibrio del cuerpo”.
En aquella época se convenció del hecho de que, dado que en la
naturaleza reina una armonía perfecta, seguramente sería posible
hallar en ella los remedios necesarios para establecer el equilibrio
en todas las criaturas: de hecho, identificó seis flores dotadas de
evidentes propiedades terapéuticas con las que creó sus primeros
remedios.
De vuelta en Londres, decidió cerrar su consulta, ceder sus
pacientes y el fruto de sus investigaciones a sus colegas y volver
definitivamente a Gales.
Allí, en el silencio armonioso de la naturaleza y utilizando el
espacio de meditación y el conocimiento interior, desarrollo aun más
su gran sensibilidad, todo lo cual le permitió percibir las
vibraciones y propiedades curativas de la flores.
Las herramientas fundamentales de su investigación no fueron
alambiques, tubos de ensayo e instrumentos de laboratorio, sino
simplemente la intuición.
Escribió el libro
Cúrate a ti mismo, en el que explicaba como la enfermedad
corporal puede derivarse de un estado de ánimo negativo que acaba
interfiriendo en el equilibrio de la personalidad.